Una investigación desarrollada por científicos de Brasil, Reino Unido y Ecuador comparó árboles silvestres y cultivos comerciales de camu-camu en la Amazonía brasileña. En las zonas naturales registraron 773 abejas de 24 especies. En los cultivos, en cambio, encontraron solo 14. No es un detalle menor: mientras más variada es la comunidad de polinizadores, mayores son las posibilidades de que las flores reciban visitas eficientes y el ecosistema resista cambios o enfermedades.

En los cultivos dominó Apis mellifera, una abeja introducida y conocida en buena parte del mundo. En el bosque, en cambio, tuvo mayor presencia Scaptotrigona nigrohirta, una abeja nativa sin aguijón. También destacaron otras integrantes del grupo Meliponini, pequeñas viajeras que recorren muchas plantas durante la floración y ayudan, al mismo tiempo, al camu-camu y a la biodiversidad que lo rodea.

El problema aparece cuando un paisaje diverso se transforma en un cultivo demasiado uniforme. Varias abejas solitarias casi no fueron vistas en las zonas agrícolas, posiblemente por la pérdida de hábitat y la menor disponibilidad de flores. Si unas pocas especies reemplazan a toda una comunidad, la producción queda más expuesta: basta que una falle para que el equilibrio completo se tambalee.

Pero hay una buena noticia. Conservar la vegetación alrededor de los cultivos y favorecer el manejo de abejas nativas puede proteger las cosechas, cuidar el bosque y sostener a las comunidades que viven de este fruto. El camu-camu nos recuerda algo bonito y urgente: en la naturaleza nadie trabaja solo. Dentro de cada fruto también viaja el esfuerzo diminuto de muchas alas.