EL RELOJ DE ARENA DE CUBA

La isla que convirtió la medicina en uno de sus mayores orgullos enfrenta apagones, escasez de insumos y un aumento de la mortalidad materna e infantil. Estados Unidos aprieta hasta transformar el sufrimiento civil en una herramienta de presión política. El Gobierno cubano resiste, pero la resistencia también puede convertirse en una forma de abandono.

Por Esteban Suárez Bruna

En una maternidad, un apagón no es una metáfora.

Es una ecografía que no puede realizarse. Es una máquina de monitorización fetal que deja de funcionar. Es una muestra de sangre que pierde su cadena de frío. Es una ambulancia inmóvil porque no tiene combustible. Es una mujer esperando que la electricidad regrese antes de que llegue su hijo.

Un país puede sobrevivir durante mucho tiempo gracias a su memoria. Pero no puede esterilizar una jeringa con ella.

Durante décadas, Cuba encontró en su sistema de salud una de las expresiones más concretas de su proyecto político. Incluso quienes cuestionaban la falta de libertades, el partido único o la permanencia de una misma élite en el poder reconocían la capacidad de la isla para formar médicos, desplegar atención primaria y alcanzar indicadores sanitarios comparables con los de países considerablemente más ricos.

En Chile aprendimos a hablar de los médicos cubanos casi como si constituyeran una categoría propia: profesionales capaces de trabajar con poco, llegar a lugares apartados y entender la medicina como una tarea comunitaria.

Por eso, lo que ocurre actualmente en Cuba posee una gravedad que supera la escasez habitual. Lo que se deteriora no es solamente un servicio público. Se derrumba uno de los pilares morales sobre los cuales la Revolución explicó su existencia.

CUANDO LA LUZ NO VUELVE

La Organización Panamericana de la Salud describe una crisis operativa crítica. Los cortes de electricidad pueden extenderse por más de 48 horas consecutivas y afectan hospitales, laboratorios, sistemas de agua, refrigeración de medicamentos, equipos de diagnóstico y cadenas completas de abastecimiento.

Más de 33.000 mujeres embarazadas enfrentan un acceso reducido a ecografías, monitorización fetal, exámenes cardiovasculares y otros servicios esenciales debido a la falta de electricidad, repuestos y capacidad de mantenimiento.

Las estadísticas oficiales muestran el daño.

En 2025, la mortalidad infantil cubana llegó a 9,9 fallecimientos por cada mil nacidos vivos. En 2024 había sido de 7,1 y en 2020, de 4,9.

La mortalidad materna alcanzó los 44,1 fallecimientos por cada 100.000 nacidos vivos. Durante el año anterior había sido de aproximadamente 40 por cada 100.000.

Las cifras no alcanzan a narrar completamente lo ocurrido.

No cuentan las horas esperando una ambulancia. No explican lo que significa viajar desde una provincia rural hasta una capital regional buscando un examen. No registran el miedo de una madre cuando en el hospital faltan antibióticos, material estéril, sangre segura o instrumentos para realizar una cesárea.

La precariedad parece ser todavía mayor en el oriente cubano.

Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo presentan las mayores incidencias de mortalidad materna e infantil. La escasez de combustible dificulta las derivaciones de emergencia y el traslado de mujeres con complicaciones obstétricas o de recién nacidos que necesitan atención intensiva.

En esas circunstancias, una muerte prevenible deja de ser solamente una tragedia médica.

Se convierte en una pregunta política.

LA MANO QUE APRIETA

El Gobierno cubano atribuye buena parte de esta crisis al embargo económico estadounidense y a las medidas adoptadas para dificultar la llegada de combustible a la isla.

No se trata de una explicación inventada.

Las restricciones económicas impulsadas por Estados Unidos afectan la capacidad de Cuba para adquirir medicamentos, repuestos, equipamiento hospitalario, alimentos y combustible.

Washington afirma que busca presionar al Gobierno cubano para que emprenda reformas económicas y políticas. Pero cuando la presión se ejerce sobre el combustible que mueve ambulancias, conserva vacunas y mantiene encendidos los equipos de una unidad neonatal, resulta difícil sostener que sus consecuencias recaen solamente sobre las autoridades.

La sanción podrá estar dirigida contra un gobierno, pero termina entrando en la casa de una familia.

Estados Unidos conoce esta consecuencia. La conoce y continúa.

En eso consiste su responsabilidad más grave: utilizar el agotamiento de una población como una palanca geopolítica. Llevar una sociedad hasta el límite con la esperanza de que el sufrimiento produzca el desenlace político que Washington desea.

No es una política de liberación.

Es una política de asfixia.

Las libertades no pueden imponerse apagando incubadoras. La democracia no puede llegar dentro de un tanque de combustible que deliberadamente se impide descargar.

LA RESPONSABILIDAD DE LA HABANA

Pero reconocer la agresividad estadounidense no puede significar absolver al Gobierno cubano.

Dos responsabilidades pueden coexistir.

Un adversario externo puede actuar de manera cruel y, al mismo tiempo, un gobierno interno puede equivocarse, administrar mal sus recursos, restringir libertades, retrasar reformas y convertir su permanencia en el poder en un objetivo superior al bienestar de la población.

La épica de la resistencia tiene un límite.

Resistir puede ser una virtud cuando protege a una comunidad. Deja de serlo cuando se transforma en una obligación impuesta a quienes no participaron en la decisión.

Una persona puede escoger morir por sus ideas. Lo que una autoridad no debería hacer es escoger, en nombre de otros, cuánto dolor deben soportar para mantener intacto un relato histórico.

Ninguna revolución, por noble que haya sido su origen, recibe un permiso eterno para pedir sacrificios.

El tiempo también gobierna las ideas. Las examina, las desgasta y obliga a corregirlas.

Los proyectos políticos no fracasan necesariamente porque abandonan una parte de su doctrina. A veces fracasan porque se niegan a modificarla cuando la realidad ya cambió.

Durante años, el Gobierno cubano restringió espacios de iniciativa privada, importación y organización económica que podrían haber ayudado a reducir algunas carencias.

La centralización no explica por sí sola la actual crisis, pero ha limitado la capacidad de la sociedad para responder a ella.

Hay recursos que Estados Unidos impide adquirir.

También existen decisiones que La Habana postergó demasiado.

Cambiar no siempre significa rendirse.

A veces cambiar es sobrevivir.

EL RELOJ

La Unión Europea ha destinado ayuda humanitaria para atender a niños, personas mayores, mujeres embarazadas, madres lactantes y comunidades aisladas.

Estos recursos buscan financiar medicamentos, atención primaria, nutrición, recuperación de sistemas de agua, logística sanitaria y soluciones de energía renovable.

La Organización Panamericana de la Salud también trabaja en la instalación de fuentes de energía para algunos policlínicos de las provincias orientales, con el propósito de mantener sus servicios esenciales cuando vuelva a interrumpirse la electricidad.

La ayuda puede sostener una sala, alimentar un generador y permitir que una cadena de frío sobreviva durante algunas horas.

Pero no resuelve el conflicto.

Cuba vive entre dos fuerzas que se alimentan mutuamente.

Desde fuera, Estados Unidos endurece una política que castiga a quienes afirma querer liberar.

Desde dentro, una estructura política envejecida utiliza la amenaza exterior para justificar su lentitud, su control y su incapacidad para renovar el pacto con su propia sociedad.

En medio quedan los cubanos.

No son piezas de una partida entre Washington y La Habana. No deberían ser convocados eternamente a demostrar su dignidad mediante la privación.

No tienen por qué escoger entre una potencia que los asfixia y un gobierno que les pide resistir indefinidamente.

El reloj de arena continúa corriendo.

Cada grano puede ser una noche sin electricidad, un medicamento que no llegó, una operación postergada o una madre que debió recorrer cientos de kilómetros buscando atención.

La pregunta ya no consiste solamente en cuánto tiempo puede sobrevivir el Gobierno cubano.

La pregunta es cuánto tiempo más puede pedírsele a su pueblo que espere.

LA PREGUNTA

¿Puede una revolución seguir considerándose justa cuando la defensa de su permanencia exige que su propia población soporte un sufrimiento que podría evitarse mediante el diálogo, la apertura y el cambio?

Esta nota toma como punto de partida el reportaje sobre la crisis de la salud materna e infantil en Cuba publicado por la periodista Mirra Banchón en Deutsche Welle.