Gustavo Petro viajará a Cuba cuando a su mandato le quede apenas una semana.

El viernes 31 de julio se reunirá en La Habana con Miguel Díaz-Canel para conocer la situación económica y social de la isla y conversar sobre lo que el Gobierno colombiano ha denominado una “política de ahogamiento” impulsada por Estados Unidos.

El 7 de agosto, Petro entregará la Presidencia a Abelardo de la Espriella, quien ya anunció que romperá relaciones diplomáticas con Cuba y Nicaragua. La visita es, por lo tanto, mucho más que una actividad protocolar: constituye el último gesto internacional de un presidente progresista antes de que Colombia comience un giro político hacia la derecha.

EL ÚLTIMO VIAJE

Petro fue una de las figuras centrales del último ciclo progresista latinoamericano.

Su gobierno tuvo dificultades, reformas incompletas, contradicciones internas y una oposición permanente. Pero llegará al final de su mandato y entregará el poder conforme a las reglas democráticas.

En nuestro continente, eso no siempre ha sido un detalle menor.

La historia latinoamericana contiene presidentes reformistas derrocados, gobiernos populares asfixiados económicamente y proyectos democráticos destruidos cuando intentaron modificar la distribución del poder. Las élites económicas y políticas no suelen recibir con tranquilidad a quienes proponen que el Estado atienda primero a las mayorías.

Petro logró gobernar dentro de esa tensión.

En febrero de 2026 viajó a Washington y se reunió con Donald Trump después de meses de amenazas, sanciones y enfrentamientos verbales. La conversación permitió disminuir parcialmente la tensión entre ambos gobiernos, aunque no eliminó sus profundas diferencias.

No fue una rendición completa ni una victoria definitiva.

Fue política.

La capacidad de hablar con una potencia sin renunciar públicamente a las propias posiciones también forma parte de la dignidad de un país.

UN MENSAJE DESDE LA HABANA

Que su última visita sea a Cuba transmite una señal.

Petro no viaja solamente a encontrarse con Díaz-Canel. Viaja a cuestionar el derecho que Estados Unidos se ha atribuido durante décadas para decidir qué países latinoamericanos pueden comerciar, desarrollarse o relacionarse libremente con el mundo.

Cuba también desempeñó un papel relevante para Colombia: La Habana fue sede de las negociaciones que condujeron al acuerdo de paz firmado en 2016 entre el Estado colombiano y las FARC. Romper relaciones implica desconocer parte de esa historia compartida.

Sin embargo, defender a Cuba frente al abuso estadounidense no exige guardar silencio ante los errores y las restricciones del Gobierno cubano.

Una política progresista coherente debe ser capaz de sostener ambas ideas: Estados Unidos no tiene derecho a condenar a un pueblo al hambre y la oscuridad, y las autoridades cubanas tampoco deberían utilizar esa agresión como explicación eterna para impedir reformas, libertades y participación democrática.

La soberanía pertenece a los pueblos.

NADIE NOS SALVARÁ

La salida de Petro y el avance de fuerzas de derecha y extrema derecha en varios países reabre una pregunta conocida: ¿en quién podremos confiar ahora?

La respuesta puede resultar incómoda.

En nadie que actúe en nuestro lugar.

Ningún presidente, por brillante, valiente o popular que sea, puede reemplazar la organización política de una sociedad. Los liderazgos son importantes, pero los procesos que dependen completamente de una figura comienzan a desaparecer cuando esa figura abandona el gobierno.

El progresismo latinoamericano no necesita esperar un nuevo salvador.

Necesita organización territorial, dirigentes locales, comunidades activas, sindicatos, medios independientes, clubes, juntas de vecinos y movimientos capaces de disputar democráticamente el poder desde abajo.

Las elecciones se pierden y se vuelven a ganar.

La respuesta ante una derrota democrática debe ser siempre más democracia.

SESENTA Y CUATRO AÑOS

El embargo económico total de Estados Unidos contra Cuba fue proclamado por John F. Kennedy en febrero de 1962.

En julio de 2026 lleva vigente más de 64 años.

Ha sobrevivido a generaciones completas de cubanos, a la caída de la Unión Soviética y a numerosos presidentes estadounidenses. Durante más de seis décadas se ha presentado como una herramienta para debilitar al Gobierno de La Habana, pero sus consecuencias también han recaído sobre hospitales, sistemas eléctricos, transporte, alimentación y familias que nunca participaron en las decisiones que originaron el conflicto.

Cuba no está en condiciones de librar una batalla económica contra Estados Unidos.

Es una isla pequeña enfrentada a la principal potencia del continente.

Por eso la visita de Petro no podrá encender las luces, llenar las farmacias ni reparar los hospitales. Su rescate será principalmente simbólico: recordar que Cuba no debe ser abandonada a una muerte lenta solamente porque su gobierno incomoda a Washington.

Petro se marchará de La Habana y, pocos días después, dejará la Presidencia. El bloqueo continuará.

Pero antes de irse habrá dejado una última señal: América Latina puede conversar con Estados Unidos sin arrodillarse y puede acompañar a Cuba sin renunciar a exigirle cambios.