BMW anunció un programa de salidas voluntarias que podría afectar hasta 8.000 trabajadores. Porsche, Volkswagen, Mercedes-Benz y Audi también están reduciendo personal o evaluando medidas similares.
¿Qué pasó?
Durante décadas, Alemania fabricó algunos de los automóviles más respetados del mundo. Eran caros, sólidos y tecnológicamente avanzados. Pero China aprendió a producir vehículos eléctricos rápidamente, con mucha tecnología y a precios más bajos.
BMW vendió durante el último trimestre un 30% menos en China y sus ganancias antes de impuestos cayeron 35%. Volkswagen estudia recortes que podrían alcanzar los 100.000 empleos, aunque el plan todavía enfrenta resistencia sindical y política.
Las empresas chinas fabrican baterías, desarrollan software y lanzan modelos nuevos a una velocidad que las grandes compañías europeas no han logrado igualar. Alemania, además, posee salarios y costos energéticos elevados, estructuras empresariales enormes y procesos más lentos.
LA LECCIÓN PARA CHILE
Lo ocurrido en Alemania enseña algo sencillo: incluso el campeón puede perder si deja de aprender.
No basta con proteger una industria, tener una marca conocida o repetir que antes hacíamos las cosas mejor. Las empresas necesitan invertir, capacitar a sus trabajadores y observar a los competidores antes de que sea demasiado tarde.
Chile debería mirar esta transformación y preguntarse qué quiere producir durante los próximos veinte años. Tenemos cobre, litio, energía solar y profesionales capaces. Pero seguimos haciendo lo mismo que hace 50 años, sacar tierra. Si solamente vendemos materias primas y luego compramos los automóviles terminados, seguiremos trabajando en la parte menos rentable de la cadena.
Alemania no está cayendo porque China copie sus vehículos. Está siendo obligada a cambiar porque China aprendió a fabricarlos de otra manera, más rápido y con todas la cadena de insumos consideradas.












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