El anatocismo ocurre cuando los intereses no pagados se incorporan al capital y comienzan, a su vez, a generar nuevos intereses. Es la misma lógica del interés compuesto: puede hacer crecer un ahorro, pero también convertir una deuda pequeña en una carga difícil de detener.

En Chile se discute prohibir esta práctica. Quienes apoyan su eliminación sostienen que existe una relación desigual entre el banco y una persona que pide dinero por necesidad. CONADECUS advierte que la capitalización acelera las deudas y que muchos consumidores aceptan estas cláusulas sin comprender sus consecuencias o bajo una fuerte presión económica.

Desde la vereda contraria, el Banco Central y la Comisión para el Mercado Financiero sostienen que una prohibición absoluta no afectaría solamente a los morosos. También podría alterar depósitos a plazo, repactaciones, periodos de gracia y líneas de crédito. Según esta posición, las instituciones compensarían el mayor riesgo con créditos más caros y requisitos más exigentes.

Ambas miradas contienen una verdad. El interés compuesto no es, por sí mismo, una estafa: permite que el ahorro produzca rentabilidad y que existan distintas formas de financiamiento. Pero aplicado sobre contratos opacos, tasas elevadas y personas sobreendeudadas puede convertirse en una máquina que castiga con mayor fuerza a quien ya está cayendo.

La pregunta no debería ser solamente si se permite o se prohíbe. También importa dónde, bajo qué límites y con cuánta transparencia.

Porque el dinero puede tener un precio. Lo que una sociedad no debería aceptar es que una dificultad temporal se transforme, silenciosamente, en una condena permanente.