Las organizaciones temen que su redacción alcance prácticas que nunca fueron comercio: guardar, regalar o intercambiar semillas. La definición legal incluye la “cesión, entrega o transmisión” gratuita cuando exista un fin de explotación comercial. Ese último requisito importa. El SAG asegura que el proyecto no regula intercambios culturales sin fines comerciales ni restringe semillas campesinas, criollas o ancestrales. Dice que busca ordenar el mercado, mejorar la trazabilidad y facilitar la formalización de pequeños vendedores. Pero el propio Servicio reconoció que algunos artículos admiten interpretaciones diferentes. Ahí está el conflicto. Si se pretende resguardar los intercambios tradicionales, debe quedar escrito con una claridad que no dependa del fiscalizador de turno. Ninguna campesina debería temer que una práctica heredada de sus abuelas sea confundida con comercio informal. La confianza no nace de una aclaración de prensa, sino de reglas imposibles de torcer.

El debate es más grande que una resolución. Camila Montecinos, de ANAMURI, recordó que quien controla la semilla influye sobre lo que se siembra, cosecha y come. Otras expositoras apuntaron a los tratados comerciales y a compañías que reclaman derechos sobre variedades vegetales. Desde Colombia se recordó la destrucción de 70 toneladas de arroz no certificado en Campo Alegre: una imagen brutal de lo que ocurre cuando la legalidad desconoce la historia de las comunidades.

Defender las semillas libres no significa rechazar toda regulación. Quien vende debe responder por la calidad, sanidad e identidad de lo ofrecido. Pero no es lo mismo una empresa que mueve miles de paquetes que una familia que comparte porotos, maíz o tomates adaptados a su territorio. Aplicarles la misma mirada sería tratar la vida como mercancía y la tradición como sospecha. Las semillas tienen un valor intergeneracional: recibimos algo cuidado antes de que naciéramos y debemos entregarlo vivo a quienes vendrán. Su diversidad no es un adorno romántico; es una caja de herramientas frente a un futuro incierto. Cada variedad guarda una forma distinta de resistir, alimentarnos y convivir con la tierra. Cuando desaparece una semilla, perdemos una posibilidad.

Con la consulta pública abierta hasta el 10 de agosto, la campaña “Adopte una semilla” propone escoger una variedad, cultivarla cada año y compartirla. El desafío para el SAG es claro: regular el negocio sin perseguir la herencia, proteger al comprador sin entregar la alimentación al monopolio y escuchar antes de escribir. El futuro puede comenzar en una semilla, pero también puede acabarse cuando alguien decide que necesita dueño.